Hallstatt

Prosiguiendo hacia el sur de Austria, hay una ruta entre macizos montañosos que lleva a una carretera prácticamente empotrada entre montañas: al salir de un túnel se encuentra uno en Hallstatt (otra vez los nombres halinos) a orillas del lago Hallstattsee, cerca de una mina de sal, y supuestamente uno de los pueblos más bellos del mundo.

El pueblo es verdaderamente bonito: lo que uno espera de un entorno alpino, con casitas de madera, calles tranquilas y sin coches. Sin embargo, no es uno de esos pueblos atrasados donde acaba saliendo una secta satánica o todos son zombies: no, Hallstatt está por la labor del turismo y está lleno de tiendas, bares, cafés y hasta un cajero electrónico. Por no hablar de las casas rurales donde alojarse, ya que en aquellas soledades rodeadas de montañas la alternativa al Gasthof es el bosque, con los lobos.La gente resultaba amistosa (estamos hablando de Austria!) y al visitar una iglesia católica me comentaron que, en lugar de comprar la entrada de 5 o 6 euros, la viese por fuera y por dentro: que pasase de la exposición (algo sobre pintura cristiana moderna) y fuera al edificio que había detrás del minúsculo cementerio que costaba 1,50 euros.

En la puerta de aquel almacén de piedra había una taquilla donde una abuela regordeta hacía punto. Me miró sonriente y me dió un ticket, además de un folio plastificado con una descripción de la sala en inglés (por favor devolver el folio al terminar la visita). ¿Qué era aquel almacenillo de 4×4 metros y techo abovedado? Era el Beinhaus, el osario del pueblo. ¿Y quiénes eran esos que sonreían dentro? Los cráneos de los habitantes de Hallstatt, que después de doce años enterrados son exhumados y colocados aquí en exposición.

La costumbre ya no es tan popular, porque los muertos modernos son enviados al crematorio de Salzburgo; pero hay quien no desea ser incinerado, entonces -y mediante un sencillo documento- lega su cráneo mondo y los huesos largos para la calaveroteca del pueblo. La costumbre popular es pintarle el nombre con elegantes letras góticas y algún adornito.  Una corona de laureles para la victoria; una de hiedra para la vida; rosas para el amor. Una serpiente negra… esas no sé qué serían. La más nueva, una señora que murió en 1983 (tiene un diente de oro). Se nota que la gente aquí vivía mucho o no había dentista, porque hay pocas piezas dentarias…  el lugar no es siniestro como las criptas de Viena, es luminoso  y casi alegre. No está preparado ex-profeso para el turismo, tampoco resulta aséptico como una funeraria: es como la viejecilla de la puerta, natural y bastante inocente.

cabecitasQuien visite este hermoso pueblo no puede dejar de presentar sus respetos a los habitantes de la bodeguilla, que están ahí apalancados… y la señora de la puerta siempre está dispuesta a admitir un nuevo inquilino.

Más fotos en la galería macabra (con otras bellas imágenes de sepulcros austríacos)

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