Muchas veces los planteamientos de la paleontología popularizada pecan de creacionistas: «El Sinanthropus descubrió el fuego…» «Los peces pulmonados salieron a tierra firme…» ¿Fue en día de semana o festivo? ¿uno solo o en grupos? La frase describe un proceso de prueba y error que seguramente llevaría millones de años en el que no hay actores protagonistas. Tampoco hay «huevo o gallina».
Uno de esos hitos es la aparición de la vida avanzada, cuyo ciclo metabólico basado en el oxígeno es mucho más eficiente y permite el desarrollo de estructuras complejas. La llamada «explosión cámbrica» (hace 540 millones de años) es tal vez la expresión registrada en conchas duras de una explosión de vida en el Ediacarense (600-630 millones de años) de la que el registro es mucho más débil ya que eran cositas tiernas y pequeñas que aún no conocían el colágeno. Esas cosas aplanadas eran sin embargo de estructura complicada, y respiraban el oxígeno liberado por las plantas.
¿Qué plantas? Hasta bien entrado el Ordovícico, pasear por una playa terrestre era pedir una jaqueca y un bronceado rápido: la atmósfera de nuestro mundo tenía muy poco oxígeno (y ozono, que es O3) porque no había plantas suficientes para liberar ese subproducto de su metabolismo. Lo único que había bien oxigenado era el mar, con sus bosques de algas. Pero en el Ediacarense no había más que tapetes bacterianos en los fondos marinos poco profundos. Tras mil millones de años de actividad de estas trabajadoras/polucionadoras algas, se calcula que la atmósfera contenía más o menos un 7% de O2 (actualmente es un 21%).
Ahora bien, antes de la revolución aerobia podías ser un anaerobio (como la bacteria del botulismo o el tétanos) y vivir con la escasa energía de un metabolismo basado en la fermentación o en chupar malolientes sulfuros, o ser una planta y pasarte el día haciendo fotosíntesis y envenenando el medio ambiente con corrosivo oxígeno (bah, ¿a quién le importa?). Pero los bichitos que respiraban ese oxígeno, con sus mitocondrias a tope, eran mucho más rápidos y grandes. Desarrollaron bloques diferenciados en su cuerpo, órganos para moverse a velocidades inimaginables en aquella época, órganos para asaltar y asimilar otras formas de vida; y ¿dónde vivían exactamente?
Casi todo el océano era un medio anóxico: moverse más allá de las fuentes de oxígeno significaba una muerte segura. Actualmente existen medios similares, como las lagunas de Los Roques (Venezuela), en las que los tapetes bacterianos soportan una comunidad de gusanos y larvas de insectos, como oasis en un entorno hostil. Este detalle redondea lo que debió haber sido la vida en aquellos tiempos, explica en parte por qué la fauna de Ediacara era tan aplastada (casi vivían en dos dimensiones) y deja una duda: ¿cómo pasaban la noche, cuando las bacterias paran el ciclo de fotosíntesis? ¿Es posible que la costumbre de dormir por la noche se remonte a esa época de parada obligatoria?
Possible evolution of mobile animals in association with microbial mats, en Nature Geoscience (vía New Scientist)



