
Hace tiempo comentamos la tremenda extinción del período Pérmico, hace 260 millones de años, en la que el 90% de la vida terrestre fue exterminada. Era una época difícil, con un megacontinente -Pangea- que creaba un clima extremo: desiertos áridos en la mayor parte del continente,
con alternancia de épocas frías y cálidas. Comparado con las húmedas selvas tropicales del Carbonífero y las tranquilas junglas del Triásico -durante el cual Pangea empezaba a desgajarse formando mares interiores y suavizando el clima- no es la época a la que yo iría a vivir. El caso es que en un momento dado casi todas ramas del árbol de la vida fueron esquilmadas brutalmente, tanto a nivel de cantidad como de biodiversidad, cambiando de manera irreversible la evolución de la vida terrestre. En el mar, se extinguieron los euriptéridos, trilobites, el 98% de los crinoideos, y cantidad de coral
es; en tierra, las plantas gigantes del Carbonífero: pecópteris, cordaitales, helechos con semilla, fueron sustituidas por cicadáceas y coníferas; y el 98% de todas las especies de animales.
El culpable parece haber sido la liberación en la atmósfera de sulfuro de hidrógeno y metano, que cambiarían la temperatura global y los niveles de oxígeno disuelto en el mar creando una situación de stress que, combinada con la difícil climatología y tal vez la caída de un meteorito como el que provocó el cráter que se encontró en la Antártida en 2006. La extinción de la que hablamos no fue de un día para el otro: el progreso de esta catástrofe se calcula en unos 80.000 años. Debido a que el registro geológico indica una gran actividad volcánica en esta época, se ha atribuido esta liberación de gases a los enormes flujos de basalto siberianos y, como reacción en cascada, al derretimiento de depósitos submarinos de hidratos de metano (debido al aumento de la temperatura global) que a su vez provocaría más calentamiento.
Pero ahora se añade otro factor: uno biológico. Posiblemente la actividad liberadora de metano de una arquea, Methanosarcina (que aún hoy existe, y es uno de los principales responsables del metano atmosférico) tuvo gran importancia. Methanosarcina obtiene energía reduciendo CO2 y H2 a CH4 (metano) usando una enzima (metil-coenzima M reductasa) en presencia de níquel. Ahora bien, hace 250 millones de años las ya citadas lavas siberianas liberaron en los océanos una tremenda cantidad de este metal. Si las bacterias tuvieron acceso a este níquel repentinamente, pueden haber prosperado a niveles inimaginables liberando metano y reduciendo los niveles de oxígeno marinos de forma mucho más rápida que cualquier proceso geológico.
Life likes Nickel, en astrobio.net
The key nickel enzyme of methanogenesis catalyses the anaerobic oxidation of methane, en Nature
visto en LiveScience.



