Después de unos días flojillo y dolorido (el calor? los ajustes del simbionte que llevo*? Puff) voy a soltar otro rollo de fósiles, esta vez de por aquí; concretamente de la comarca de Orce, donde estuve la semana pasada de visita. Orce es un pueblecito bonito, rodeado de un montón de cosas para ver en unas extensiones que dan pánico (sobre todo en verano y con un cielo de plomo fundido). El museo es pequeño, y contiene fósiles extraídos de los yacimientos de Venta Micena, Fuente Nueva y Barranco León. La época: el Pleistoceno inferior, hace unos dos millones de años. El lugar: un terreno boscoso y húmedo, habitado por una fauna variada y grande: ciervos Megaceros con cornamentas de tres metros, tigres de dientes de sable, hienas, uros, mamuts e hipopótamos… esa es la idea.
Con semejante ecosistema, la cantidad de fósiles es grande. Algunas de las piezas son espectaculares, como un esqueleto completo de elefante (no extraído de la matriz rocosa) o los cráneos de cánidos y tigres de dientes de sable. Pero hay dos que destacan especialmente: una tiene su polémica, la otra no.
Este es un bloque de caliza que acumula siete cráneos algo machacados de distintos mamíferos. Si ya es difícil encontrar un cráneo suelto en un ambiente como este -los depredadores y carroñeros suelen destrozarlos para comerse el relleno de sesos)- encontrar los de siete grandes animales (entre los que se encuentra un rinoceronte, un mamut y un caballo) ya es demasiada suerte.¿Cómo pudieron acumularse estos restos? A veces las corrientes o ciertas pozas hacen que los cadáveres se amontonen -lo que se llama una tanatocenosis– pero en este caso parece que estamos ante la acción recolectora de un depredador. Pudo ser un homínido o tal vez una hiena gigante: ambas posibilidades son asombrosas.
El otro fósil raro y polémico es, por supuesto, el fósil VM-0 u Hombre de Orce.
La bóveda es de escayola: el fósil es lo que está pegado encima.
Este fragmento de hueso, del tamaño de una galleta María, fue encontrado en 1982 por un equipo dirigido por el profesor Josep Gibert i Clols, del Instituto de Paleontología de Sabadell e identificado como parte de la bóveda craneal de un homínido de nuestro género (Homo sp. a falta de mayor información). Esto armó un revuelo importante en la comunidad científica, ya que retrasaba la colonización europea por el hombre a fechas inimaginables. Pronto surgieron dudas y reacciones, y más tarde, las opiniones de la comunidad científica se volcaron hacia el otro lado: el fragmento craneal pertenecería a un équido.
La historia es larga de contar, y tiene mucho de science thriller: intereses profesionales, mediáticos y políticos; acusaciones de mala praxis, por lo visto bastante fundadas; y la terrible ironía de un hallazgo desvirtuado precisamente por los intentos desesperados de validarlo. En resumen, hacia mediados de los 80 se montó un Congreso internacional para promocionar al Hombre de Orce. Al limpiar el fragmento para presentarlo descubrieron una cresta dorsal muy poco humana, y al ser el fragmento tan pequeño empezaron a aparecer otras interpretaciones tan válidas como cualquiera; cráneo de burro, de cabra, etc. Parte del equipo original se desentendió del asunto, y Gibert intentó demostrar la humanidad del hueso por varios métodos sin tener demasiado eco en la comunidad científica internacional. La cuestión de Orce quedó descartada por una cuestión de lógica científica: para hacer una afirmación tan revolucionaria como la que planteaba Gibert se necesitaban pruebas extraordinarias, y en Orce no había nada aparte de aquel trocito de hueso, ni siquiera dientes. Toda la riqueza del yacimiento correspondía a fauna conocida, pero no homínida.
Gibert murió en 2007, y sus restos forman ahora parte del yacimiento de Venta Micena… donde la polémica por las excavaciones sigue. Una pena. Actualmente, los resultados que corroboren una u otra hipótesis no son concluyentes. De todas maneras, sabemos que como poco los homínidos ya habitaron esta zona cuatrocientos mil años más tarde, por los restos de instrumental lítico hallados más recientemente: toscas piedras afiladas para cortar carne, perforar cuero y abrir huesos.
Web de la Fundación Josep Gibert
Un artículo de 1998, bastante agresivo, de Eustoquio Molina (en PDF) (algo desfasado ya: los hallazgos de Atapuerca ya datan de 1.3 m.a., el doble que lo conocido en 1998)
* ésa es otra historia que ya contaré, porque no deja de tener gracia.




