Uno de los primeros bichitos que un estudiante de Biología reconoce por su nombre completo es la humilde mosquita de la fruta, esas que rondan siempre los plátanos y ciruelas cuando están a punto de ponerse pochas e incomibles. Y es porque la Drosophila melanogaster (Amante del rocío de panza blanca en griego)se ha usado en genética desde 1907: su ciclo vital de unos doce días, las escasas exigencias de cría (fruta podrida) y sus cuatro cromosomas gigantes la hacen un candidato ideal para el laboratorio.
Pero un reciclado de la nomenclatura a nivel de género podría resultar en el cambio de nombre de Drosophila (género «batiburrillo» donde se metieron con calzador muchas moscas) a Sophophora melanogaster. Este nuevo nombre (creo que significa más o menos «Portador del conocimiento«, lo que encajaría bien con todo lo que nos ha enseñado de genética) tiene un problema: la comunidad científica es algo cerril y D.M. es tan famosa en su campo que es como cambiar el teléfono de los bomberos o el logo de la CocaCola. Es posible que, igual que ha pasado antes (con Aedes aegypti=Stegomyia o Brontosaurus=Diplodocus) pasen muchos años antes de que la gente lo asuma.
Noticia en New Scientist.



