Terrores infantiles

Esta va de anécdotas del pasado.

Los peores miedos son aquellos que tenemos de pequeños. Creo que la falta de control (o de la ilusión de control) que tenemos a esas edades los hacen mucho más intensos ¿o tal vez hay algo más? ¿Cómo percibimos el mundo antes de saber de qué va, de captar el concepto de «una habitación» o «una silla»; lo vemos igual? ¿Por qué recordamos tan poco de nuestros primeros años?

De pequeño, antes de cumplir los cuatro años, vivía con mis padres en una habitación en casa de mi bisabuela. Era una casa grande y vieja, de techos altísimos siempre en penumbra; y en esos techos acechaba algo terrible. Algo que sólo yo comprendía…

Justo frente a la cama y sobre la puerta de doble hoja que daba al pasillo -una de esas angustiosas puertas tres veces más alta que ancha-  reptaba un cable eléctrico, resto de instalaciones externas y antiguas grapadas a la pared y siempre cubiertas de telarañas y polvo. Al final del cable y centrado sobre la puerta cual trofeo de caza del Infierno asomaba el objeto más repelente que jamás había visto: una pieza de porcelana blanca moldeada del tamaño del cráneo de un gato, con unos rasgos que estaban a medio camino entre la cabeza del ratón Mickey y una calavera. Actualmente diría que se parecía a la máscara de Rorschach o un Pierrot putrefacto, pero en aquella época me faltaban referencias.

Un día lo vi observándome y me dio tal sobresalto que tiré un cochecito nuevo al suelo: un Morris Mini verde, al que se le abrían las puertas y llevaba pequeños diamantes en los faros. Normalmente los coches de Matchbox eran durísimos, pero aquel Mini se hizo pedazos. No podía quedarme solo en aquella habitación, y me echaba a llorar señalando el burlesco ente: mis padres no lo entendían. Para ellos era tan sólo una caja de fusibles, pero yo sabía que en las profundidades de la vieja pared aquello era la cabeza de un horrendo gusano, blanco y con un cuerpo segmentado de longitud indefinida, que en cualquier momento podría brotar de su agujero y atacar.

Luego nos cambiamos de casa, pero la Habitación del Gusano (que quedo clausurada y se usó como trastero) siempre retuvo el aire de horror indefinido. De hecho, años más tarde, mi primo y mi hermano jugaban a aventurarse a la entrada del pasillo sin atreverse a cruzar el umbral: para ellos el objeto de miedo pasó a ser un bebé de porcelana, que alguien había puesto a los pies de la cama con la cara apuntando hacia la puerta… hacia el fusible. Y siempre que contaba la historia del gusano la gente se reía de los pavores infantiles de un niño de tres años.

Ahora, mucho después, ¡he encontrado al Enemigo! La casa ya no existe y sus muros, al igual que la gente que los habitó, son ya polvo: pero en una subasta de eBay he visto esto

Es el mismo componente exacto. La misma porcelana de color larva de mosca, la misma simetría en los manchones oscuros que son las placas requemadas de cableado < o los ojos de la Cosa>. Ésta al menos tiene una tapa. Visto de cerca no da miedo; pero cuando veo la imagen suficientemente pequeña -como la miniatura de esta página- vuelvo a recordar los terrores de aquel tiempo. No deja de ser curioso que ya en aquella época jugaba con calaveras y gusanos de verdad, por los cuales no tenía ninguna aprensión. Esto era algo más profundo e indefinido: la interpretación de una forma incomprensible por una mente que apenas había vivido tres inviernos y acabó resultando en un horror máximo.

4 comentarios

  1. Bueh, esto es lo que Freud llama «Lo ominoso» (Das Umheilich). Por cierto, qué exagerado! «del tamaño del cráneo de un gato»… un gato muy pequeño.
    Ah, esos recuerdos encubridores!

  2. Me ha encantado la historia. Porque soy de los que siente fascinación por los terrores infantiles. Yo también pienso que es cuando nacen los miedos de verdad, los terrores puros, sin adulterar. La falta de referencias, como dices, hace que para los pequeños lo desconocido tenga ese carácter de «lo indescriptible», muy lovecraftiano. Tememos a lo desconocido, y en esas edades, lo desconocido es mucho, y la imaginación está desatada.

    Hace unos años, para mi primera incursión en el mundo del cómic, escribí un guión llamado «El pozo» que trata precisamente de eso. Resulta que de niño dormía en una habitación que tenía una ventana que daba a un patio. Pero de noche, para mí, no era un patio, sino un pozo del que en cualquier momento podían subir reptando los seres más horrendos e inimaginables. No tenían forma, porque en mi cabeza no quería darles forma. Eran, simplemente, el Miedo. El Miedo subía por las noches por el pozo, y el cabezal de mi cama estaba justo debajo de la ventana, a mis espaldas. El acojone.

    Años después, leyendo una biografía de H. R. Giger (el pintor surrealista suizo creador de los diseños de Alien, para el que no lo sepa), me quedé a cuadros al leer que al colega le había pasado tres cuartos de lo mismo, y que siendo joven dormía en una habitación que daba a un patio. Por las noches, tenía terribles pesadillas en las que el patio se convertía en un pozo insondable, habitado por seres extraños. Giger, cuando despertaba, hacía bocetos de lo que había soñado, y tiene una serie de cuadros sobre el tema.

    Curiosamente, al poco de mudarme a mi nuevo barrio, un día paseando descubrí que cerca de mi casa, entre la Calle Granada y la Rambla, hay una calle estrecha que se llama… «Patio pozo» :O Casualidades de la vida 🙂

    • ¡Oh, los pozos de Giger, con esas escaleras de madera que se caen a pedazos! Por algo uno de los sueños más recurrentes que existen son los de caerse. Mi variante es algo más angustiosa: alguna vez he soñado estar en un risco o cornisa espantosamente alto, tan asustado que prefería la certeza de caer al miedo de estar a punto de perder el equilibrio. Irracional, sin duda.
      Sin embargo, lo que más miedo da de los pozos no es matarse, sino llegar vivo al fondo.
      Recuerdo una película de esas de Simbad de los años ’40 en que salía un río embrujado que desaguaba en unos pozos estrechos, del diámetro de una alcantarilla o así. Los compañeros de Simbad se volvían locos y se zambullían en aquellos orificios-cascada sin fondo, riendo. El recuerdo de aquella escena me persiguió durante años, de hecho, aquí está.

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