Andando por la sierra de Cazorla, llena de interesantes relieves y plegamientos naturales, me pasó que a la vista de algunos empezó a trabajar el coco de forma imparable. Esta desviación del diálogo interno -que pasa de quejarse de cosas mundanas a fantasear desaforadamente- se agradece bastante, porque aún no he aprendido a silenciarlo y a veces es como tener un viejo paranoico en la cabeza. El resultado son estas cosas.
«Mecuatlec es el Viejo del Monte… el Guardián si lo preferís. Es hijo de su propia abuela, Odampalle, pero es más viejo aún que ella. Normalmente van juntos… en este caso Odampalle está justo a la izquierda de su hijo/nieto. Oh, no, no es un dios. Es una fuerza que ha tomado coherencia y tal vez demasiada personalidad, aunque -al carecer de padres y ser hijo de su abuela- ha crecido malcriado y casi sin aspectos negativos: es demasiado blando. No hay malicia ni oscuridad en el Viejo, y sus manifestaciones son tan neutras que lleva a los hombres a ignorarlo y dudar de su existencia.
Suele poner pruebas a los viajeros, sin recompensa ni castigo: una planta doblada, un escarabajo indefenso boca arriba son las señales de Mecuatlec. Ayudar a ese animal o esa planta es alegría para el Guardián, aunque no habrá señales de ello o castigo para el que maltrate. Tal vez porque Mecuatlec conoce el valor de cada ente individual, pero también que ninguno durará demasiado como para darle importancia.
En alguna ocasión, sin embargo, Mecuatlec enseña su rostro en la soledad que rodea al Viajero, o presenta un giro inesperado del paisaje, un ángulo que pocos habrían visto, una iluminación fugaz que no tendrá más testigos. ¿Es eso un premio? ¿Una casualidad? En el duro mundo del bosque, esas preguntas carecen de sentido.»

«Es tradición entre los clanes guerreros Tajmakh’ri, dedicar cada triunfo en batalla a su dios cluster Vaal-Ma-Shejk. Se dice que el dios de la guerra tiene múltiples rostros, cada uno de los cuales toma los rasgos del clan que ha triunfado en batalla.
Así, cuantas más batallas se dediquen a Vaal, más se parecerá su aspecto al de un fiero guerrero tajmakh’ri, con sus facciones cinceladas y el típico casco de batalla cilíndrico. Nada resultaría más vergonzoso a un tajmakh’ri que reconocer en las multiformes facciones de Vaal-Ma-Shejk a un kitrali, o peor aún, a uno de esos tiesos soldados de Corcullia, que obedecen las órdenes de burócratas blandos y obesos. La república corculliana es temerosa como sus líderes, y sólo van a la guerra para defender sus territorios. ¿Cómo puede una nación vivir así, en la infamia? Para los Tajmakh’ri esa es una vida sin sentido, ya que la existencia por sí misma es una batalla perpetua. Es comprensible, por otra parte, que el mundo conocido jamás pertenezca a ningún clan: ya que las luchas internas son importantes, y si bien las soberbias espadas de obsidiana y cerámica tajmakh’ri no tienen parangón con las de cobre o bronce de otros reinos, representan su propia competencia. Hay un dicho popular que reza:

Vaal-Ma-Sejk to Durma pekh,
Tajma’de sheika kun o to mepej
Hasta Vaal tiene un depredador,
pero sólo un Tajmakh’ri se caza a sí mismo.»
Este tipo de paridas mentales van fluyendo así como quien no quiere la cosa, y aunque caigan en el racismo cultural (siempre los pueblos guerreros tipo mongol o bárbaro hablan con muchas kas y jotas aspiradas) tienen bastante coherencia. Estoy seguro que si las puliera un poco saldría algo potable. Casi puedo imaginar releyendo esto el aspecto refinado de un oficial corculliano, con su casco con nariguera y escasa armadura, o un bastión tajmakh’ri hecho con sacos terreros, madera y piedra. Por cierto, la kh’ se pronuncia como una jota aspirada con un chasquido palatal.
A continuación, las escenas culpables de todo esto. En realidad son estratos mesozoico-terciarios muy erosionados y meteorizados. En la parte alta del Borosa había otro tipo de estructuras, cavernas kársticas bastante siniestras… pero esa es otra historia.
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