Un facehugger en la paella!

España es para mí un territorio bastante inexplorado. Quiero decir, como no viajo mucho, hay un montón de sitios que no conozco. Así que la exposición de H.R. Giger en la Politécnica de Valencia fue una buena excusa para conocer la ciudad de la paella y las mandarinas.
Valencia es una ciudad grande, pero amable: carece de la fría impersonalidad de Madrid, y aunque la ciudad nueva tiene el aspecto de un panal de abejas –con sus bloques de edificios estrictamente reticulados a lo largo de anchas avenidas- es lo suficientemente vieja para tener un depósito de humanidad en forma de tiendas y locales que la hacen más transitable. La ciudad antigua, la que rodea la Catedral y cuyo trazado es medieval y enmarañado, está llena de monumentos góticos y edificios del siglo pasado; es fuente de sorpresas y da lugar a un agradable callejeo.


Estas simpáticas esculturas de licántropos alados, del arquitecto Salvador Monleón, están en uno de los puentes del Turia (del Regne creo)

Caras

Caras pintadas en los barandales del parque del río

La Universidad es un complejo monstruoso al norte de la ciudad, y encontrar la salita que albergaba la exposición no fue fácil: está en el edificio del Rectorado. Unas cincuenta piezas de Giger, entre esculturas, láminas y acrílicos, mostraban un resumen de la obra de este suizo. Ninguna novedad o trabajo reciente, excepto esta urna cineraria de acero:

Urna

Parece que HRG se ha dedicado últimamente a adaptar sus obras a formato escultórico, y los bebés de la máquina de partos y otras piezas famosas de los años ’70 tienen ya forma tridimensional. Lo mejor de ver estos trabajos en directo es que puedes apreciar la pincelada, las imperfecciones, aquello que la reproducción nunca muestra y te da pistas de cómo se hizo y la humanidad del autor. En este caso, no hay pinceladas: Giger domina el aerógrafo. Bueno, hay que decir que como la expo era gratis, con el dinero previsto para la entrada compré el catálogo, un librito muy bien editado por 10 €, una ganga.

Cabeza de Alien

Una vista de la sala de exposiciones de la Politécnica.

El otro objetivo principal de la visita era el complejo de la Ciudad de las Artes y las Ciencias, una megaestructura futurista que alberga un acuario, el Museo de Ciencias, un auditorio, un cine IMAX y alguna cosa más. Impresionante obra de arquitectura, sin duda.
Los contenidos: una emotiva exposición itinerante sobre el Titanic, en una visita guiada con música de James Horner a través de vitrinas y vitrinas con morbosos restos del naufragio. Es una exposición muy bien montada y recomendable, si dejas de lado tus prejuicios acerca de perturbar a los muertos y cosas por el estilo. Al final del recorrido hay una tienda donde venden reproduccione, trozos de carbón sacados del naufragio y cosas por el estilo.

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El IMAX del Hemispheric es un espectáculo que pasará a engrosar las filas de aberraciones junto con las gafas 3-D o el Odorama; una proyección sobre pantalla hemisférica de alta resolución que se ve borrosa y subexpuesta difícilmente puede considerarse una experiencia “envolvente”, amén de que la mitad de la información se pierde tristemente al no abarcarla tu campo de visión de primate. Un pollo disfrutaría más.

El Museo de las Ciencias es para niños. No lo digo con desdén; está muy bien montado y es instructivo, pero mi idea de un museo es una sala solitaria llena de vitrinas llenas de cajitas, donde pasar horas mirando colecciones (como el Musée de l’Homme, el British o el Jardin des Plantes) no un parque infantil lleno de posters. Es mi momento Fernán Gómez; lo siento.
El Auditorio es una preciosidad; cuando tenga mi propio crucero estelar, se parecerá a esto:

Auditorium de díaAuditorium de noche

Hay que añadir que todo el complejo está cubierto con trocitos de baldosas de cuarto de baño, un revestimiento duro, bonito y fácil de limpiar; me anoto la idea para cuando haga mi casa.

El Oceanogràfic es muy bonito también, con sus series de tubos (como Internet) que permiten visitar en un recreado ambiente natural a merluzas, pescadillas y besugos. Simpáticas belugas y morsas, pingüinos y pepinos de mar, complementan y dan variedad a este espectáculo acuático. Lo más triste: una pobre foca solitaria y el lamentable espectáculo de explotación racista del Delfinarium. Algún día la Humanidad se avergonzará de esto igual que lo hace ahora de las galeras de esclavos y de comer criaturas vivas. (Oh! Perdón. Para esto último faltan unos doscientos años.) En fin, una visita rápida e intensa y el deseo de volver alguna vez con más tiempo y, por supuesto, con más pasta (¿por qué no?).

Parche en la columna

También los arquitectos cometen errores. Fijaos qué parche.