Calor remoto

El verano de 2018, un cohete Delta-IV de la NASA envió una sonda en un trazado espiral que la llevaría hasta unos ocho millones y medio de kilómetros de la superficie del Sol, prácticamente dentro de la atmósfera de la estrella. La sonda solar Parker es el primer artefacto humano que llega a un sitio tan tórrido, con la misión de extraer información y datos de la corona solar. A principios de ese año, siguiendo una de las modernas tradiciones de esta institución, podías incluir tu nombre en un chip que se colocaría dentro del cuerpo de la sonda, del tamaño de un coche pequeño. La Parker llegó a mediados de diciembre de 2021 al punto de aproximación máxima.

Se me ocurrió pensar que si la magia simpática realmente funcionara (el axioma de «como es arriba, es abajo y lo que ocurre a una parte le ocurre al todo«) unos cuantos de nosotros nos habríamos achicharrado en plan muñeca vudú; ya se sabe que el nombre es un vínculo poderoso con aquello que representa. La duda es ¿se transmitiría el calor mágico a la velocidad de la luz? ¿empezaría a notar el calor ocho minutos más tarde que la sonda (es lo que hay de aquí al Sol a 300.000 km/s) o sería instantáneo? Afortunadamente, los textos de la Tabla de Esmeralda son más una hipótesis de trabajo bienintencionada que una verdad inmutable.

Estructura de los escudos térmicos de la sonda solar Parker

El nombre de la sonda no tiene nada que ver con Peter Parker o los conocidos lapiceros, sino con el Dr. Eugene Newman Parker, un astrofísico que en los años ’50 planteó una hipótesis que explicaba el por qué la corona solar está aún más caliente que la propia superficie. También describió el viento solar y la compleja estructura de corrientes de plasma y campos magnéticos que conforman esta región del Sol. La corona mantiene una temperatura de un millón de grados centígrados, debido a pequeñas explosiones regulares («nanoflares») que elevan la temperatura mucho más que los 5.500º del propio Sol. Para protegerse, la Parker llevaba un escudo térmico de espuma de carbono y cerámica. Pero, ¿Cómo es que eso era suficiente?

El tema del frío del espacio es un tema curiosamente contraintuitivo. Se describe siempre el espacio como un entorno frío, cercano al cero absoluto. ¡Pero eso se aplica a las partículas (escasas) que lo pueblan! El vacío del espacio no permite transferencia de calor más que por radiación: es como un gigantesco termo. Si nos metieran en una burbuja de plexiglás, por ejemplo, y nos soltaran en órbita cerca de la Tierra (la burbuja es para prevenir la asfixia y la despresurización, pero sin ninguna calefacción) estaríamos radiando infrarrojos durante muchas horas antes de congelarnos. Por otra parte, si la burbuja recibiera radiación solar, el calor dentro se volvería insoportable. Los astronautas de películas que instantáneamente se convierten en cubitos de hielo son un recurso dramático.

En el entorno de la corona solar, las partículas están muy calientes pero no son hay demasiadas. Esto significa que el calor que absorbe el escudo no es tan brutal, sino que equivale a exponerse aquí a unos 1.500º, algo manejable con la tecnología que tenemos! La sonda sobrevivió, y la información que retransmite nos ayudará a descifrar los enigmas de los vientos solares y la «meteorología» de nuestra estrella, algo que debemos aprender si empezamos a asomarnos fuera de la protección de nuestra atmósfera.