Hace menos de un año una teoría sacudía la paleontología clásica, o al menos la que todos hemos aprendido de pequeños: el Triceratops (el dinosaurio cuadrúpedo con tres cuernos y gola que siempre acaba peleando con un Tiranosaurio en las películas viejas) no existe. Sería una forma juvenil del Torosaurus, especie que se caracterizaba por tener la gola calada y los cuernos apuntando hacia adelante en lugar de hacia atrás: las modificaciones óseas provocadas por la madurez justificarían la diferencia.

Con más o menos humor, la comunidad científica se negaba a repetir la historia del brontosaurio (que tampoco existe ya, sustituido por el nombre Apatosaurus), pero precisamente por ahí es por donde se ha salvado nuestro T-Rex killer:  cuando una especie se clasifica erróneamente como dos, el nombre que prevalece es el más antiguo (Triceratops – Marsh, 1887). Por cierto, su primer nombre fue Bison alticornis, pues Marsh pensaba que la matriz correspondía a estratos del Pleistoceno.

Se estima que un tercio de los dinosaurios conocidos están erróneamente clasificados.

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