Ya resulta cansino repetirlo, pero aquella pregunta que nos hacía la señorita en el colegio:
– ¿A ver quién me puede decir qué diferencia al hombre de los animales?
Está cada vez más lejana y borrosa. La creación de herramientas, el lenguaje simbólico, contar objetos, memoria, capacidad de prevenir eventos futuros, manipulación de otros seres vivos (domesticación, vamos): todas son características que hace cincuenta años eran prerrogativas del H. sapiens y ya no, ni siquiera hablando de animales superiores. Hace algunos meses un grupo de japoneses superpuso la red de metro de Tokio a una tabla de cultivo de moho viscoso: pusieron alimento allí donde habia más actividad de pasajeros y luz donde estaban los obstáculos naturales subterráneos (ríos, terrenos no excavables). El resultado fue que el moho trazó sus filamentos conectando los puntos alimenticios y rodeando los obstáculos con un entrelazamiento prácticamente idéntico al tendido de raíles humano; donde había diferencia, el moho había encontrado una solución más eficaz.
Ahora veamos lo que hace una ameba social, Dictyostelium discoideum. Es social porque cuando las condiciones alimentarias del sitio en que vive (come bacterias) son malas, Dictyostelium busca a sus congéneres y se apelotonan, formando un superorganismo multicelular temporal llamado pseudoplasmodio: un pegote baboso de medio centímetro, con simetría reconocible (tiene parte frontal y trasera, a diferencia de las
amebas) y sensibilidad básica a la luz y temperatura. Es esa cosita de la derecha, que hasta resulta simpática.
El pseudoplasmodio se desplaza a nuevos terrenos de pastoreo, y una vez que lo encuentra, se convierte en un cuerpo fructífero que suelta esporas de las que brotarán amebas individuales. Es la frontera entre organismos unicelulares y multicelulares como nosotros: las amebas se unen formando un todo eficaz como respuesta al stress físico que provoca una crisis de recursos. Ciertamente su mecanismo de reacción social basado en una molécula señalizadora, AMPc, es más eficaz que el nuestro (políticos).
Pero la cosa no va de política sino de agricultura. Resulta que recientemente se ha descubierto* que, ante el descenso de recursos, las amebas dejan de comer bacterias y las recogen incorporándolas al pseudoplasmodio-cuerpo fructífero, y luego las dispersan en los nuevos territorios. Cosecha y siembra predictivas, intencionadas: curiosamente sólo el 30% de las poblaciones estudiadas desde el descubrimiento tienen esta costumbre, el otro 60% siguen siendo «cazadores». No siempre el esfuerzo de cosechar (y no comer) compensa, eso también le ocurrió a los humanos y otras especies como hormigas, termitas, peces damisela y algunos caracoles.
No se trata de asignarle una mente avanzada a una ameba o caracol, pero sí de reinterpretar lo que para nosotros ha sido siempre una técnica fruto de un psiquismo avanzado -de hecho no cultivamos cosas hasta hace 10 o 15 mil años- en lo que realmente es: una respuesta ingeniosa a un problema de recursos. La vida se abre camino, a manotazos o a golpe de pseudópodo.
* El descubrimiento fue curioso: resulta que los cultivos de Dictyostelium estaban continuamente sucios y contaminados de bacterias por mucho cuidado que tuvieran los científicos en esterilizar el medio y darles antibióticos a las amebas. ¡Pero no era contaminación, eran sembrados!
Primitive agriculture in a social amoeba (Debra A. Brock, Tracy E. Douglas, David C. Queller & Joan E. Strassmann), resumen en Nature.
Visto en io9.




Si es que a veces, la naturaleza da un miedo que no veas…