Journey to Jordan, I: En las orillas del mar Muerto

Una partida realmente precipitada, la de aquel viaje. Una tarde estás en tu casa descansando y veinticuatro horas después te descubres en un hotel de Aqaba con un tremendo dolor de cabeza: los milagros de la tecnología.Tampoco es que haya mucha diferencia entre Aqaba y Almería: tierra, calima, calor y el aire fresco de la playa. Pero el mar es el Mar Rojo, como lo demuestra el intenso tráfico de cargueros y las reverberantes costas al otro lado: Eilat, en Israel, y Taba en Egipto, algo más al sur. Jordania es una tierra fronteriza, que ha sabido aprovechar las energías del conflicto en su propio provecho: una especie de Suiza árabe, pero aún menos provista de recursos naturales. Ni siquiera tiene petróleo, y el agua es escasa, cosa que no dejan de recordarte en los hoteles retirando los tapones de las bañeras. ¡Está bien ser ecologista, pero cuando el calor aprieta un bañito siempre es bien recibido!Por ello, al proponerse un día en un balneario -con piscinas- a orillas del Mar Muerto, no lo dudé ni un momento.

Antes de empezar el periplo del desierto quería remojarme un poco en aquellas curiosas aguas hipersalinas donde, según se dice, todos flotan. Así pues empecé el viaje en route a las antiguas tierras donde, según la tradición bíblica, yacían los restos de Sodoma y Gomorra aniquiladas por la ira de Yahvé… el punto más bajo de la corteza continental a cielo abierto, 400 metros bajo el nivel del mar. Debí recordar que el slogan «aquí todos flotan» era el que usaba el payaso Pennywise en la historia de Stephen King, It.Allí, como un parche en medio del Sinaí, está el Mar Muerto: es lo suficientemente enorme para parecer un mar -la orilla opuesta, Tierra Santa, apenas se ve por la bruma- y de hecho las aguas son limpias, azul-verdosas con su oleaje y espuma. Pero no se me ocurre burla peor para un viajero que atravesara el desierto que encontrarse con ese espejismo color menta, cuyas aguas son prácticamente sal líquida y en cuyas costas sólo habitan las moscas y algunos humanos. Las orillas, cada vez más bajas debido a la evaporación, son un acúmulo de costras cristalinas y sedimentos donde algunas cadenas hoteleras han plantado sus locales promocionando la maravilla dermatológica que es el agua y el barro de este mar sodomita (y gomorrita) maldito por Dios.

Flotando

El ritual de tontos implica darse el consabido baño flotando (mira mamá, sin manos!) y luego meterse en un barrizal a untarse con barro, que se supone es bueno para la piel. Como mi piel ya no tiene arreglo, decidí pasear por la costa no pisoteada, admirando los intrincados diseños que la sal y las olas dibujaban en la orilla: una playita cercana, de aguas límpidas y cero personas, parecía un buen lugar. Es raro que no haya gente por aquí, ni siquiera huellas en la orilla; tan sólo abundantes chanclas de goma perdidas, clavadas en el sedimento. La gente es muy sucia.Me alegré de no llevar conmigo la cámara cuando mi pierna se hundió medio metro en el suelo con un ruido gorgoteante. Cuando tiré para sacarla, como es normal, la otra pierna se hincó hasta el muslo. A mi alrededor empezaron a salir burbujitas y ruidos de pedos, y antes de darme cuenta tenía medio cuerpo bajo tierra. Tanteé con los pies, pero abajo no había más que barro blando, y el suelo en torno se estaba licuando con rapidez.He de decir que no es la primera vez que me pasa esto: mi afición por las fotos de naturaleza siempre me lleva a ensuciarme las botas, y conozco la dinámica de los barrizales. En pocas palabras, las arenas movedizas de las películas no existen: no hay peligro, aparte del de estropear el equipo y las ropas. Simplemente hay que arrastrarse despacito y acabas saliendo. Pero en este caso, el fango -negro y asqueroso- tenía una tenacidad casi de chicle, y cada intento de extraer parte de mí acababa pegoteándome más.Con el lodo por los hombros y ningún punto de apoyo -en un terreno que cinco minutos antes me había sostenido- me di la vuelta hacia la lejana terraza del hotel: no había nadie. Tranquilo. Piensa. Si está blandito, puedes salir; si está duro, puedes agarrarte. Eché los brazos como garfios a la parte menos ondulante frente a mí, y empecé a tirar penosamente como una hormiga en la mermelada. Parece mentira lo que cuesta nadar bajo tierra: los topos deben ser realmente musculosos.

Anécdota exagerada!

Al regresar resoplando a la otra orilla, me comentaron que vaya barro más bueno que había encontrado: negro y fino, sin piedrecitas, del que normalmente hay que pagar por usar. Largos filamentos me colgaban por los lados, como si fuese queso mozzarella.

-Sí; lo encontré a metro y medio por debajo. Id a aquella playita solitaria, hay un montón.

Estuve como veinte minutos enjuagándome en el agua supersalada, de extraña dinámica -no se te ocurra ponerte boca abajo!- y luego fui directamente a la piscina donde casi me quedo dormido, mientras el picor de los cientos de cortes que los cristales de sal me habían hecho se mitigaba poco a poco. Fantástico para la piel, supongo: los arañazos se enconaban y eran negros, no rojos, aunque la verdad es que no dejan cicatriz.Más tarde descubrí que en la playita había un cartel clavado, en caracteres árabes demasiado corroídos para leerlos (incluso sabiendo árabe). No sé lo que diría, porque abandoné el Mar Muerto sin mirar hacia atrás, como está escrito. La ruta seguía hacia Ammán, y había muchas cosas por hacer.