Journey to Jordan, III: Perdido en el Desierto

Más aventuras tontas. Esta vez nos desplazábamos hacia el sur desde Amman en ruta hacia el famoso Wadi Rum, el lugar donde T. E. Lawrence había preparado junto con el ejército árabe los asaltos a las tropas de ocupación turcas en la primera guerra mundial. El crepúsculo enrojecía el desierto del Negev y la fiebre me enrojecía a mí, debido a la ligera infección provocada por una desafortunada herida durante el viaje. A pesar del estupendo trabajo de costura del doctor Aleef Abdulhadi (un aplauso al doctor, por atenderme un sábado en Ramadán) y los amables cuidados de mis compañeras, estaba algo indispuesto.

Ya había caído la noche cuando arribamos al campamento Captain’s Desert Camp, una especie de aldea de jaimas al pie de una inmensa peña escarpada en medio de la arena. Wadi Rum no es como el Sahara, un enorme mar de dunas, sino que consiste en grandes riscos de caliza y arenisca aislados rodeados de extensiones de terreno llano y recocido por el sol, con eventuales zonas de arena. Esta arena -rojiza por el mineral de hierro- llega a formar poderosas dunas en algunos sitios, pero en general resulta bastante más transitable (tanto en coche como a pie) que el fatigoso desierto de arena africano.

Después de cenar, el guía local –Auni, un ammanita bastante reservado pero con amplios conocimientos de historia y un historial sorprendente que a veces se dejaba ver- nos propuso hacer una caminata por los arenales que rodeaban las jaimas. Salimos a eso de las once, con paso bastante ligero y en silencio. La noche era cálida y sin viento, y el cielo tachonado de estrellas apenas iluminaba las formas rocosas de más abajo, ya que era la luna nueva. Con sólo una camisa y pantalón corto, no llevaba abrigo, pero sí un frasquito lleno de ron jamaicano -¿acaso no era aquello Wadi Rum?

Debimos andar una media hora antes de llegar, entre giros y rodeos a varios riscos que se insinuaban en la negrura, a una roca aislada del tamaño de una casa y contornos pulidos por el viento. Allí el silencio era total; todo el mundo se tumbó en el suelo, percibiendo la tranquilidad inmensa del desierto. Las estrellas brillaban cada vez con más intensidad, y las familiares constelaciones del cielo boreal se mostraban radiantes, atravesadas frecuentemente por el parpadeo de algún reactor y lentos satélites de titubeante luz. Ataqué al frasco de ron con soltura, encantado por el momento: sí, éstas son la ocasiones por las que vale la pena vivir y sufrir un poco.

Decidí utilizar aquella luz estelar para tomar algunas fotografías del Wadi en exposición prolongada. No tenía muy claro el funcionamiento de la cámara nueva en tomas largas, así que me aparté a un pequeño risco y me puse a probar varias aperturas. He de decir que el experimento fue un fracaso: algo estaba haciendo mal, porque la grabación de la imagen en la tarjeta tardaba minutos y resultaba imposible verificar los resultados. Fastidiado, me di la vuelta para volver al grupo. Pero en la explanada frente a la roca no quedaba nadie.

Mientras desatornillaba el trípode, miré a un lado y otro. Incluso con las pupilas acostumbradas a la oscuridad, no se veía nada más que el cielo azul marino y la silueta negruzca del terreno. Ni un sonido.

-Ohé!

Nada. El eco de mi voz en el farallón a mis espaldas, y nada más.

-Hola! Hola! OOEEEEEE!

Nada. Subí a una gran duna cercana y miré hacia el horizonte, en todas direcciones. No había siluetas, tampoco el destello de linternas o ecos lejanos. Diantre, no podían haberse alejado tanto: las fotos me habían llevado menos de cinco minutos. De repente empecé a ponerme nervioso y a dar vueltas: ¿Por aquí? ¿Por allí? Todos los caminos eran oscuros, incógnitos y fatigosos. Si erraba el paso, podía alejarme más aún. Quieto.

Me latían los oídos; tenía la cara y el cuello cubiertos de un sudor incómodo. Saqué la linterna, pero el pequeño foco blanquiazul no me daría ninguna pista de adónde ir. De hecho, tenía dos linternas: la MagLite que llevaba en la mano y un foco Photon rojo, muy bueno para moverse en un entorno limitado, pero arriesgado en aquel terreno abrupto lleno de riscos y pendientes arenosas. Lo último que necesitaba era torcerme un tobillo en aquel sitio. ¿Qué alternativas tenía? Quedarme quieto y esperar que volvieran; seguir adelante, con el peligro de tomar un camino equivocado (tampoco se veían claramente huellas de pies en el suelo); volver sobre mis pasos, intentando recordar los giros y revueltas que nos habían conducido hasta aquí… o tal vez esperar al día siguiente, cuando supuestamente notarían mi ausencia y me buscarían con los jeeps.

Y un cuerno. Ya tenía bastante calor en plena noche; no iba a esperar medio día asándome al sol hasta que me encontraran. Decidí confiar en mi memoria y deshacer el camino andado…

 

Noche en Wadi Rum!

Resultaba difícil moverse en aquel montón de arena; de repente tenía agujetas en las pantorrillas y me tropezaba en todas partes, además del doloroso pulso en los puntos de la herida. Aunque la linterna era de LEDs, la usaba a intervalos para evitar quedarme sin pilas. Caminé y caminé, pensando muchas cosas… al final de un pasillo entre dos de aquellas sierras llegué a un terreno abierto y amplio, me sonaba familiar. Y al rato pude ver a lo lejos el resplandor de unos focos: el campamento, que minutos después se apagaba por completo (era tarde). Pero ya tenía localizada la dirección, y no tuve problemas para llegar -empapado, exhausto y con las botas rebosando arena- hasta mi camastro y dejarme caer como un leño. ¡Chicos, no intentéis hacer esto en casa!

Al día siguiente recorrí de nuevo aquellas extensiones -y más- bajo el sol, en un Toyota desvencijado remanente del ejército; pero esa ya es otra historia…