Siguiendo cronológicamente con el listado de cacharros (que, como ya habrá adivinado el lector, no es más que un astuto ardid para obligarme a recuperar el lápiz que lo tengo abandonado miserablemente) vienen las bicicletas. Este es posiblemente el primer vehículo que se tiene en la vida y el que más ilusión hace, comparativamente.
Mi primera bici era roja y vieja, rodado 12″ (el diámetro de las ruedas se medía en pulgadas) y con dos ruedecitas para no caerme. Recuerdo el parque detrás de mi casa con un inmenso ombú que estaba en medio de una rotonda de cemento: debo haber rodeado ese árbol cientos de veces con y sin ruedas de apoyo, antes de poder moverme con soltura.
La siguiente bici fue una Graziella de 16″, azul metálico, nueva y traicionera como un potro sin domar; la primera salida acabó con ambos estrellados contra una farola. Fue mi regalo de cumpleaños a los 12 y el vehículo de mis aventuras que me llevaron más lejos de lo que mi padre llegaba con su coche…
Hubo otra, fugaz, Orbea de 20″ con marchas y todo (qué incómodo mecanismo!) pero esa me la robaron estando en la playa. A partir de aquellos años el excesivo tráfico y la moda de las bicicletas «especializadas» (de montaña, de carreras, con muchas palanquitas y sillines fálicos) me apartaron del camino del pedal.
Ahora poseo una Azor holandesa: negra, vetusta e inmensa, esta opafiet de 28″ tiene tres marchas y un timbre de esos que hacen «rin, rin«. Más que suficiente para moverse en distancias cortas cuando la pereza o las prisas desaconsejan el andar. Y es bonita; ¿qué más se puede pedir para el verano?
(Nota: qué objeto más difícil de dibujar, la bici con alguien montado. Las líneas son engañosamente simples, pero pufff… menos mal que nunca he ido a caballo) 😛
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Estoy de acuerdo en que es el vehículo que mas ilusión hace…
Yo estuve andurreando con la bici hasta los 24 años, cuando pudo descansar debido a empezar a estudiar en Almeria y a que estaba en muy mal estado por los trajines que le daba…
Después, ya con coche y viviendo en el extraradio, no pienso volver a tocar una bici en la vida, que me he pasado, se quiera o no, casi 14 años subiendo y bajando a Roquetas… 🙂
Es una pena. Si los extrarradios almerienses fueran como los que se ven en las películas (las urbanizaciones californianas esas de casitas y calles anchas), seguro que usaríamos más bicicletas. A mí tampoco me sirve para ir a la oficina; llegaría, pero eso de trabajar encima de un charco de tu propio sudor no está bien visto. 😛