Era casi la una de la mañana de una cálida noche de mayo, cerca de Granada…


Tuve suerte de no meter el coche en esa trampa (y de ir descalzo). El terreno estaba tentadoramente liso -mucho más que el camino de carretas lleno de zanjas por el que venía- pero resultó ser un aluvión de lodo de las tormentas primaverales: fijándome pude distinguir grandes ramas, neumáticos y porquerías arrastradas y sepultadas por la corriente.
Dos meses más tarde, el lugar estaba así:

Varios centenares de metros cuadrados de barro cocido por el sol, firme e incluso lleno de plantitas de campanilla. El arroyo delator que salvó a mi coche de la grúa era apenas un hilo de agua, y efectivamente exceptuando aquella parte, el camino daba a una carretera asfaltada. Adela -mi fiel A-51v Dell Axim- tenía razón.

Todavía queda barro en alguna parte en el interior del coche. Pero eso sí, el paseo a la luz de la luna (y luego por el bosque en busca de agua para lavarme) espectacular: el aroma de las plantas, el aire cálido, los coros de grillos… la noche cambia por completo lo que a mediodía parece un pinar anodino y lo vuelve mágico.



