Hace ya tiempo discutíamos con un compañero acerca de fantasías sobrenaturales; él aseguraba que le encantaría ser un demonio, uno de las legiones infernales que provocan el caos y la muerte en el reino de la Tierra. Yo, en cambio, prefería ser un ángel. Mi elección se basaba en los siguientes razonamientos (siempre jugando el juego según las reglas judeocristianas):
– Tanto demonios como ángeles son emanaciones de la divinidad y sirven a Sus designios, a sabiendas o no;
– Los demonios son horribles y causan espanto, pero a los ángeles de ciertas categorías no se les puede ver sin ser incinerado;
– Siempre que salen ángeles, hay más destrucción masiva que cuando hay demonios.
En resumen, que los demonios son como terroristas y los ángeles, las Fuerzas Especiales de Dios. Pavorosos, destructores y encima bien vistos. Mola.
Y a qué viene esto? Pues que a un reciente comentario del Papa Oscuro Benedicto («La violencia es incompatible con la naturaleza de Dios«) alguien ha recordado las listas de muertos humanos que constan en la Biblia debido a factores externos. Las estadísticas son las que siguen:
asesinatos
– Satán: 10
– Dios: 2.270.365
(los puntos de Satán corresponden a los siete hijos y tres hijas de Job, debido a una apuesta entre Dios y el Diablo a ver hasta qué punto podían jorobar al pobre Job antes de que renegara de su Señor).
Ah, y siempre podréis ver el aspecto real de un Cherubim en la tapa del Arca de la Alianza (tal es la foto de este post); decía Ezequiel que tenían cuatro caras y cuatro alas. Siempre he pensado que si la gente de hoy día leyera más la Biblia, habría más ateos (o satanistas) en el mundo.



