En 1945, salió un artículo en la revista Wireless World (extraño título para la época!) titulado “Extra-Terrestrial Relays: Can Rocket Stations Give World Wide Radio Coverage?” escrito por un joven desconocido y entusiasta de la cohetería. El tiempo le daría la razón a Arthur con las actuales redes de comunicación satelitales, y el profeta se convertiría en uno de los escritores de ciencia ficción más importantes de la historia, formando la «Tríada» de maestros con Isaac Asimov y Robert Heinlein.
Y mira que eran diferentes: si fueran refrescos, Clarke sería una bebida isotónica, Asimov un batido y Heinlein… bueno, Heinlein seguiría siendo un vaso de Jack sin hielo. A Clarke le iba la SF Hard, es decir, sin concesiones poéticas ni libertades excesivas: intentaba ceñirse a los conocimientos de que disponemos sin violarlos, algo que iría muy bien practicar a los guionistas de Hollywood (sí, guionistas de Armageddon y The Core; os estoy mirando!). A finales de los ’60 se alió a otro monstruo, Stanley Kubrick, para hacer la mayor obra de ciencia ficción cinematográfica: 2001: A Space Odyssey, de la que Clarke haría el guión y Kubrick se encargaría de todo lo demás ( y de paso hacerla incomprensible, lo que de inmediato le dio el apoyo total de la crítica).
A pesar de ser británico, vivía en Ceilán desde 1956 donde practicaba la fotografía y el submarinismo. Hará cosa de un año me escribió para pedirme dinero: cuando encontré en mi buzón de email un remitente suyo me dió un pasmo. Claro, era un mensaje de esos automáticos para apoyar al SETI, en el que colaboro desde 1999, Una pena; es uno de esos personajes a los que me hubiera gustado conocer alguna vez y se ha ido a los 91 años. Estaba ya muy mayor, y sus últimos libros eran «colaboraciones». Si por mí fuera, su lápida sería un monolito de cerámica negra, de proporciones 2x4x9… buen camino, Arthur. Nos veremos por ahí.




Una pena…