La Tierra, por lo que sabemos a partir de datos fragmentarios, consiste básicamente en una esfera de metal fundido (hierro y níquel?) cubierta de un manto de roca también fundida, el cual a su vez está forrado con una ligera capita de roca sólida de 60km -algo menos del 1% del radio terrestre- cuya parte más externa, corroída por los siglos, ha dado origen a las tierras y los mares y los cielos que conocemos. Toda la vida que existe mora en la parte más superficial de esta película entre el calor extremo y el frío absoluto del espacio.
El calor terrestre es conocido desde la antigüedad, y de hecho los primeros intentos de datar la edad del planeta vinieron de los señoritos Conde de Buffon y Lord Kelvin, que calcularon por extrapolación el tiempo de enfriamiento de esferas de barro y metal calentadas al rojo vivo. Este cálculo daba cifras exageradas para la época (180.000 años para Buffon y 24-400 millones de años para Kelvin) pero partía de una premisa incorrecta: la Tierra no lleva enfriándose desde su origen a ritmo constante. El glóbulo de polvo recalentado por las colisiones mutuas y la presión tenía otras formas de calentarse…
Sabemos que algunas lunas de planetas masivos, Io por ejemplo, soportan enormes tensiones debido a las mareas gravitatorias que añaden energía (como calor) a su estructura provocando volcanismo; o como en el caso de Europa, océanos de agua líquida bajo la corteza helada. Pero la Tierra está demasiado lejos de otros cuerpos para tener estas influencias. El factor principal para el mantenimiento del calor interior de la Tierra se atribuye a la descomposición de elementos radiactivos distribuidos en todo el manto (según el esquema estructural que se da por bueno actualmente, los elementos radiactivos -que son litófilos- sólo están presentes en la corteza y el manto y no en el núcleo metálico). Insisto en que todo esto son teorías y especulaciones, no conocemos de verdad la estructura interna de la Tierra, pero son las que más se ajustan a los hechos comprobables.
Pero ahora un cálculo del KamLAND (Kamioka Liquid scintillator AntiNeutrino Detector) en Japón ha suministrado información sobre la potencia energética derivada de la descomposición del Torio-232 y el Uranio-238 terrestre: 8 terawatts* cada uno. El Potasio-40 nos suministra otros 4 TW y se estiman unos 3 TW más del resto de elementos radiactivos minoritarios combinados.
Ahora bien, esto no encaja porque la Tierra emite al exterior 44TW. ¡Nos falta explicación para la mitad del calor generado!
Tal vez sea el momento de replantear la teoría del Georeactor de Marvin Herndon, según la cual el interior de nuestro planeta (y otros) contendría reactores de fisión naturales producidos por acumulación de elementos radiactivos. También habría uno de estos reactores en el núcleo, siendo éste el origen del campo magnético terrestre en contraposición a la teoría de la dinamo (es decir, que el campo magnético lo genera el núcleo de ferroníquel girando). La estabilidad de la reacción la darían las inmensas presiones del interior de la Tierra.
Sin duda la solución será más complicada de lo que imaginamos… la exploración del núcleo planetario es -junto con la de las fosas oceánicas- de las pocas cosas que nos queda por revisar antes de salir fuera, a las estrellas.
Watt=Joules por segundo. TW=1012 watts. Como es el apellido de una persona, no me gusta traducirlo pero sí, watt=vatio.



