Los humanos, como todas las criaturas pluricelulares de la Tierra, tenemos una construcción singular: las células que forman nuestro cuerpo se especializan y agrupan en estructuras diferenciadas -tejidos y órganos. cuyas características distintivas hacen que funcione la máquina en conjunto; un blindaje, un armazón, un saco digestivo, un sensor acústico o térmico o un fotorreceptor. Esto es muy práctico, pero, ¿por qué? ¿Por qué la vida terrestre no es como la entidad de Solaris (la novela de Stanislaw Lem): una masa de células indiferenciadas única que llena el océano, inmutable, eterna, desde hace mil millones de años?
Lo cierto es que las células con núcleo empezaron a ser, aparentemente, al comerse entre sí criaturas que acabaron funcionando conjuntamente: por ejemplo la mitocondria (responsable de la respiración celular) los cloroplastos (de la fotosíntesis) o el citoesqueleto. Esta es al menos la teoría endosimbiótica que planteó Lynn Margulis y es generalmente aceptada por la biología moderna. Pero la formación de órganos es algo diferente: implica la fusión de las células entre sí mediante proteínas específicas que favorecen el intercambio de materia entre sí.
El caso es que estas proteínas no son fáciles de observar: hasta el año 2000 no descubrimos la primera, sincitina, que participa en la formación de la placenta. La sincitina es una proteína de origen vírico, y podemos rastrear esa infección primordial a unos 40 millones de años en el pasado. Una variedad diferente de sincitina aparece en otros animales, carnívoros como gatos, osos, pandas y hienas, en su caso el «contacto» con el virus ocurrió hace 85 millones de años. La interacción del ADN viral con el propio ADN de la célula infectada pudo dar, en afortunadas ocasiones, un resultado funcional que mejoraba la programación original. (Como curiosidad, muchos mamíferos no poseen sincitina y su placenta es como de peor calidad, pobrecillos).
En 2002, se descubrió otra proteína, EFF-1, que e este caso ayudaba a formar la piel de Caenorhabditis elegans (un gusano muy simple y muy usado en laboratorios). Antes de que pasaran cinco años quedó claro que EFF-1 formaba parte de una familia de proteínas, que probablemente existan en muchas otras especies aparte de C. elegans. Lo interesante es que ahora -mediante análisis cristalográfico y de difracción de rayos X- se ha descubierto que las FF se parecen tremendamente a una proteína viral, que es usada por el patógeno para debilitar la pared celular y penetrarla así con su ADN. Las células han aprendido a usarlas para fusionarse entre sí y formar órganos.
Y de momento, de dos proteínas formadoras de órganos que conocemos, las dos proceden de virus que nos atacaron hace millones de años. Así que la nueva hipótesis nos plantea una posibilidad fascinante: que la vida como la conocemos deba su origen a unas cuantas líneas de células enfermas de hace entre 600 y mil millones de años, que tras recuperarse de la infección adquirieron el «superpoder» de agruparse en módulos funcionales cada vez más elaborados.
Structural Basis of Eukaryotic Cell-Cell Fusion, en Cell.com



