Este verano me pasó una cosa tonta que hizo que los pies se me llenaran de varias clases de instrumentos punzantes vegetales, léase espinas, garfios, arpones y hojas de cardo. Las plantas pueden ser crueles cuando quieren, y después de escribir aquella aventura estuve tres semanas con los pies muy doloridos. Al final me acerqué a un ambulatorio, donde una hábil (y guapa) enfermera me retiró tres espinas que se habían quedado incrustadas bajo la piel. Pero, como pasa en las pelis de terror, quedaba otra oculta.
La otra se manifestó hace unos días mientras me ablandaba en la bañera (literalmente). Un toquecito de algo duro bajo la piel en lo que parecía un grano de esos eternos, un tirón demasiado largo con las uñas… uaahh… y aquí está.
La cosa es de madera dura, del tamaño y forma de una espina de erizo (la escala del cuadro son 5mm) y estaba profundamente incrustado en la carne. Durante estos últimos tres meses mi cuerpo había estado expulsándola, pero como la piel había cicatrizado por encima no podía salir. Me pregunto si podré hacer lo mismo con las balas.
De cualquier manera, ¡Cuidado con las plantas cuando vayáis de excursión!




A mi me ocurre algo parecido con los foliculos pilosos, que a veces en lugar de dejar caer el pelo que llevan dentro lo enconan y sale un bultito duro que se queda ahi y que tienens que acabar quitando mediante medios quirurjicos, algodon con alcohol y una aguja de coser…
Es curioso algunos mecanismos que tiene el cuerpo humano…