Enigmofobia

rasputin_caraHasta hace poco tiempo, me encantaban los enigmas y veía con cierta tristeza cuando se resolvían – ¡cuántos sueños rotos! – pero desde que Internet nos ha dado acceso casi inmediato al conocimiento acumulado de generaciones, siento el horror vacui del saber: no soporto los huecos en el mapa del mundo que nos mantiene. La facilidad para encontrar la raíz de las cosas es tan grande que una búsqueda frustrada se vuelve eso, frustrante. No todo son enigmas sobrenaturales: la adquisición de un iPhone 3GS o el DVD de Secret of Kells, por ejemplo, son la Atlántida o Lemuria en versión productos de consumo.

Así que cuando esta tarde me he puesto a investigar sobre el profesor Mijail Mijáilovich Filipov otro misterio se ha puesto irritantemente rebelde y, a la postre, sospechoso: secretos de la Rusia zarista, tecnología steampunk y libros malditos, todo en uno.

El susodicho profesor Filipov (del cual se puede leer una historia bastante completa en La Matriz Secreta, con lo que evitaré el copiar&pegar) era un fenómeno en los tiempos de Nicolás II: escritor, físico polivalente, conocido de Lenin, Tolstoi y Gorki; colaborador con Tsiolkovsky en los primeros desarrollos de ingeniería aeroespacial y marxista convencido, fue asesinado supuestamente por la Ojrana y sus estudios destruidos o al menos secuestrados para siempre. Una lástima, parece que había desarrollado una tecnología capaz de transmitir por onda corta la energía liberada por un explosivo: bombardeo a distancia. El misterio está servido, pero por favor, leed primero en el enlace de antes… me encantaría atribuírmelo, pero no debo.

Este personaje sólo existe en Internet bajo la forma de citas sospechosamente idénticas y en castellano de la obra de Jacques Bergier Los Libros Condenados. Todas empiezan igual (googlead, googlead):

En 1903, el sabio ruso Mijaíl Mijáilovich Filipov fue hallado muerto en su laboratorio. La Policía confiscó sus papeles y el manuscrito de un libro. El Zar Nicolás II examinó el legajo que contenía los estudios científicos de Filipov y después su laboratorio y todas sus investigaciones fueron destruidas.

Y lo más revelador es lo que no aparece:

  • La novela atribuida a Filipov El Sitio de Sebastopol (muy admirada por Tolstoi) pertenece realmente a Tolstoi.
  • No consta ningún extracto del manuscrito La Revolución por la Ciencia, o el Fin de las Guerras en ninguna parte. Bueno, esto es lógico si la Ojrana arrasó con todo, pero… ¿El zar no conservó una copia?
  • Los Principes de Chemie de Mendeleiev en edición francesa (París, Bernard Tignol éditeur, 2 vol., 1899) los tradujo Achkinasi y Carrion, no Filipov.
  • Por supuesto, no aparece su biografía oficial por ninguna parte, cosa difícil de creer en un protomártir de la Revolución.
  • Filipov no «publicó la obra» de Tsiolkovsky La Exploración de los Espacios Cósmicos con Aparatos a Reacción; esto era un artículo que Tsiolkovsky mandó a la revista Nauchno Obozrenie en 1898. El editor lo tuvo retenido hasta 1903 que fue cuando lo publicó (poca confianza en el texto, vamos).

Da la impresión de que el amigo Mijail nunca existió fuera de la cabeza de Jacques Bergier, quien tuvo buen cuidado de pergeñar una historia coherente y con mucho gancho para justificar algunas de sus ideas personales, como era habitual. Aunque siempre quedan cabos sueltos…

(El de la foto no es Filipov -que no tiene rostro- sino Rasputín. Si hacéis click en su efigie también veréis parte de su enorme pene, conservado en alcohol en el Museo Erótico de San Petersburgo)

Un comentario

  1. El concepto del arma de explosión a distancia me recuerda mucho a los cañones sónicos de los Atreides en el juego de estrategia de Dune… 🙂

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