Gatos listos?


Gato mecanicista
Un par de noticias acerca de mis animales favoritos, los gatos, evidencian lo peligrosamente cerca que estamos aún de conceptos medievales de la consciencia.

Una de las noticias habla sobre un gato misterioso que, en un pueblo inglés, sube casi todos los días a un autobús y se baja en la siguiente parada -donde hay un puesto que vende pescado y patatas fritas. En la otra, una gata vieja salva a la familia humana con la que convive despertándolos para avisarles que el gas (bueno, en este caso CO) está llenando la habitación.

Inmediatamente después de los ooohs y aaahs inevitables en estas anécdotas, te das cuenta que la gente piensa realmente que estos gatos son héroes y les asignan valores morales humanos. Esta antropización del comportamiento animal resulta casi siempre inofensiva, pero sería bueno matizarla.

Mi gata Sekhmet se caga en el pasillo. No en su caja de arena, como las otras dos, no; en el pasillo, al pie de la escalera. Cada mañana encuentro allí sus espantosas deposiciones que me hacen plantearme si es una gata o una vaca. Ahora bien, Sekhmet no lo hace por maldad; es un comportamiento lógico aprendido que demuestra para ella la máxima eficacia. Veréis: siendo una gata, ha aprendido que si lo hace en la arena y -durante la mañana- vuelve al cajón, encontrará allí la sustancia. Si tiene la mala suerte de que se me olvide repasar su arena, lo encontrará también al día siguiente.
Por otra parte, si lo hace en medio del pasillo, las cositas desaparecerán automágicamente en cuestión de pocas horas (minutos si estoy en casa) dejando además un fresco aroma a jabón de Marsella. ¿Qué haría cualquier ente consciente medianamente limpio? Está claro: el pasillo es el lugar adecuado.

Cabe añadir que los gatos no son más limpios que los perros por imperativo moral, sino porque son depredadores sigilosos que no deben dejar rastro de su presencia. Pero, ¿A dónde quiero llegar con esto? ¿A una conclusión mecanicista de la consciencia animal, como Descartes? No, algo más allá: no despreciemos los mecanismos amorales que configuran el comportamiento animal, porque son los mismos que subyacen tras nuestra aparente moralidad humana. En nuestro caso son más sutiles, porque dependemos del grupo y el código está enterrado bajo varias capas, pero no somos buenos o hacemos cosas porque sí. El gato sube al autobús porque ha aprendido que obtendrá un estímulo-recompensa al otro lado (patatas fritas?). Nosotros salimos a correr a la playa porque tenemos referencias de terceras partes de que eso disminuye la barriga, nos hace más atractivos y tendremos la posibilidad de pegar un polvo obtener un estímulo-recompensa. En estos casos, la simplicidad del razonamiento felino es superior a la elaborada (pero frágil) estructura del razonamiento humano: más vale patata frita en mano que sexo volando.

¿Cómo seríamos si en lugar de descender de unos sucios monos primates gregarios (con un comportamiento bastante más afín al perro que al gato, incluida la costumbre de mirar las propias heces en lugar de taparlas) nuestro ancestro fuera un félido solitario, digamos un tigre? Interesante planteamiento para una historia de ficción, siempre y cuando se elaborara con primor y no cayera en la estupidez de convertir a los hombres-gato en klingons o algo así.

El gato del autobús, en ALT1040 (cortesía de Gaona)
La gata salvavidas, en Univisión.

Un comentario

  1. Pues lo de lo hombres gato esta ya claramente resuelto. ¿No recuerdas a Gato de Enano Rojo…? yo siempre me he imaginado que seriamos algo así… xDDD

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