Casualmente visitando los Países Bajitos me enteré de una historia que parece ser famosa entre los economistas, un cuentecillo de avaricia, estupidez y esas cosas de la naturaleza humana.
Érase que se era en Holanda, siglo XVI: Los bulbos de tulipán (en colores lisos) son traídos de Asia Menor; un tal Carolus Clusius se dedica a criarlos en el botánico de Leyden. Un virus ataca a los cultivos, provocando variedades mutantes de colores llamativos (los ahora llamados Rembrandt, con tonos rayados): la demanda se dispara. Holanda en estos tiempos era un país boyante, debido al intenso comercio con las Indias. Sobra dinero y la gente puede gastarlo en cosas como cuadros, arte, tecnología, mejoras en el modo de vida… y chorradas.Pronto la manía por los tulipanes se convierte en una obsesión: el coleccionismo de bulbos hace que los precios se disparen, y la gente empieza a comprarlos para invertir. En 1635 (cuando Rembrandt luchaba por pagarse su carísima casa de 13.000 florines) se subastaron 40 bulbos por 100.000 florines. Un marinero fue encarcelado por comerse por error un bulbo. La gente vendía sus casas para invertir en tulipanes, y al no haber suficientes para satisfacer la demanda, se entregaban notas de crédito en tulipanes (como si dijéramos, un billete de doscientos bulbos). En el ’37 ya la cosa no daba para más: una colección carísima salió a subasta y no se pudo vender. Los inversores más poderosos empezaron a vender, y esto provocó una devaluación en cascada de los putos bulbos que arruinó a muchísima gente. Ni siquiera las medidas gubernamentales pudieron evitar esto.
Holanda se recuperó con el tiempo, por supuesto: hace unas semanas en el Bloemenmarkt los bulbos buenos estaban a 3 euros la media docena, pero un café con pastas vale el doble.
Fuentes: El blog salmón y Wikipedia (y hay más, esto no es un hoax)



