¿A quién no le ha pasado lo de estar demasiado rato en la playa o en la bañera (¡o fregando!) y acabar con las yemas de los dedos como las de una momia egipcia? El efecto es tan obvio que pasa desapercibido al análisis. Lo primero es que sólo se arrugan las yemas de los dedos (pies y manos) mientras que otros tejidos, a pesar de cambiar de textura, nunca llegan al mismo estadio de deformación.
Lo segundo es que al rato se pasa como si nada. Lo tercero, que pocos conocen, es que en caso de lesiones nerviosas -cortes en los nervios de un dedo o mano- ese miembro deja de arrugarse en contacto con el agua. Eso da un poco al traste con la explicación básica, que implica absorción de agua por parte de la queratina cutánea y la separación de la dermis y la epidermis al cambiar de volumen, lo cual provoca las arrugas.
Una teoría suplementaria sugiere que las arrugas de la mano mojada no son un fallo estructural sino una adaptación orgánica ante una necesidad: mejorar el agarre. Los surcos provocados por las arrugas expulsan el agua igual que los canales de un neumático, permitiendo a esa mano una prensilidad mejorada en un momento que sin duda el cuerpo necesita (si lleva mucho rato en el agua es posible que se haya caído y quiera salir). El proceso de reconfiguración estaría controlado por el sistema nervioso central.
La teoría no aporta gran cosa, pero saber que el cuerpo es como un Transformer capaz de cambiar mínimamente de forma ante situaciones específicas mola un montón.
Visto en io9.



