Murero

Hace un par de semanas estuve de viaje en coche, parando por distintos lugares de desigual atractivo. El año pasado en Austria tuve la oportunidad de visitar el campo de concentración de Mauthausen… y la dejé pasar. Hay quien encuentra un interés específico en visitar los lugares de masacres históricas, pero personalmente me resulta una exhibición triste. Sin embargo, en tierras sorianas visité el yacimiento arqueológico de Numancia, en el cual el ejército romano asedió y finalmente masacró al remanente de población celtíbera que resistía allí (unas dos mil quinientas almas) en el 133 a.C. Mucho más atrás en el tiempo, imagino que el sentimiento es diferente.

También estuve en un sitio testimonial de otra masacre, más antigua y terrible, de la que pocos guardan recuerdo. Se trata de una sierra cubierta de pinos muy cerca del pequeño pueblo de Murero, en Zaragoza; una carretera secundaria apenas transitada (en la llamada Rambla de Valdemiedes) nos permite llegar a la zona del yacimiento marcada con unos carteles y un caminito de tablones. A partir de allí, te encuentras solo con el pinar silencioso, el viento helado y las rocas desconchadas por la erosión. Y las rocas hablan…

Hace 520.000.000 de años -el período que denominamos Cámbrico inferior- en este lugar existía un mar de aguas someras, donde estaba ocurriendo algo maravilloso: la Explosión Cámbrica, la diversificación de formas de vida en los phyla principales que conocemos actualmente. Es muy posible que esto llevara ya un tiempo gestándose, pero es que en esta época muchos animales empezaron a recubrirse de una cáscara dura, lo que permitió dos cosas: que desarrollaran un mayor tamaño y que sus restos se conservaran hasta hoy. Aún hoy es tema de especulación el porqué: tal vez una saturación de carbonato cálcico en las aguas, un cambio de temperatura, incremento del oxígeno disuelto.

En este ambiente fértil vivían trilobites y similares, braquiópodos, medusas, algas, gusanos y esponjas creando arrecifes llenos de vida… la primera vida más o menos evolucionada de la joven Tierra. Pero hace 515 millones de años, algo cambió en ese equilibrio.

Tampoco sabemos qué provocó el denominado Evento de Valdemiedes: otro cambio químico en las aguas, vulcanismo, una era glacial. Sea lo que fuese, provocó la primera gran extinción planetaria que arrasó la vida recifal casi por completo y provocó que muchas formas de vida como Chancelloria -algo con forma de gusano cuyo cuerpo entero parece estar cubierto de bocas dentadas con garfios- desaparecieran sin dejar descendencia. Uno de los puntos en los que queda testimonio de la aniquilación es en las pizarras y dolomías de esta rambla, que en 200 metros de profundidad cuenta la historia de diez millones de años de muerte. Por supuesto la historia tiene un final feliz, como ya sabemos: la vida se abre camino.

El yacimiento está bien señalizado y hay dos senderos para pasear: la Ruta Paradoxides y la Ruta Conocoryphe, más larga y aburrida (los nombres pertenecen a dos géneros de trilobites de los más comunes en las más de cien especies que se han catalogado aquí). Sin embargo, no hay nada espectacular: para el lego, sólo pinares y un sendero escabroso. Se echaba en falta alguna caseta con reproducciones de los animales, porque las pizarras incluso observadas con atención no presentan ningún aspecto especial. El tiempo se ha ensañado con los restos de estos animalillos, y seguramente sólo un ojo experto sería capaz de encontrar un fósil reconocible entre el picadillo de glabelas, artejos y pigidios que se supone está empotrado en estas rocas.

Eso lleva a una segunda apreciación. El yacimiento está protegido y se considera uno de los más importantes del mundo; en dos horas de caminata no me crucé con un solo visitante, pero lo malo era que los puntos de afloramiento estaban marcados con grandes letras de pintura amarilla. Aquello parecía una invitación a los furtivos, facilitándoles el trabajo. Pienso que unas balizas de geoposicionamiento enterradas discretamente darían mayor protección a este lugar único.