Nueva teoría sobre el olfato

No es habitual que surjan ideas revolucionarias que le den la vuelta a las vigentes: parece además que estas cosas están limitadas a la física teórica, con lo cual el planteamiento que acaba de surgir en el M.I.T. sobre el mecanismo del olfato resulta original.

Lo que sabemos hasta ahora parece indicar que el sentido olfativo se basa en un efecto llave/cerradura entre las moléculas de distintos compuestos dispersas en el aire y el quimiorreceptor específico del que disponemos en la nariz (células de Schultze, un tipo de neurona) diseñado de tal manera que al encajar la molécula en él, envía una señal al cerebro que interpretamos como «olor». Cuando los quimiorreceptores se saturan dejan de enviar señales, por eso al rato de estar ante un olor dejamos de percibirlo. Se supone que hay unos 50 tipos de quimiorreceptores: las diferentes combinaciones dan lugar a los miles de olores diferentes que podemos distinguir.

Esto suena bien, pero en realidad no salen las cuentas. Hay demasiados matices para tan poco hardware de detección; además, moléculas muy parecidas estructuralmente huelen de manera muy diferente, por ejemplo el vodka y los huevos podridos. ¿Entonces?

La teoría del equipo del Massachusetts Institute of Technology es que las vibraciones propias de las moléculas deben ser percibidas de alguna forma por el organismo. Cada molécula tiene una frecuencia vibratoria diferente relacionada con su estructura, y a veces un átomo de diferencia basta para cambiar la frecuencia notablemente. La forma de probar esto fue bastante original.

Colocaron una serie de moscas de la fruta en un laberinto: en uno de los ramales del laberinto dispersaron unas gotas de acetofenona, una cetona aromática bastante común en la industria, y en el otro ramal echaron acetofenona deuterada; es el mismo compuesto, pero los átomos de hidrógeno se sustituyen por un isótopo (deuterio). A todos los efectos prácticos es el mismo compuesto, pero las moscas iban siempre para el mismo lado. Esto parece llevar a la conclusión de que hay algo aparte de la estructura molecular que es percibido por la mosca como diferente. Por otra parte, los humanos somos incapaces de distinguir entre ambas acetofenonas.

(Me queda una duda ante este experimento: ¿qué cetona preferían las moscas?)

La idea no es invalidar la teoría actual sobre el olfato, sino ampliarla incluyendo el modelo vibratorio para justificar la amplísima gama sensorial de que dispone el reino animal, dentro de los cuales -todo hay que decirlo- somos bastante malos para asuntos de nariz. Tal vez el haber sido carroñeros durante tres millones de años haya influido un poco en esto.

Molecular vibration-sensing component in Drosophila melanogaster olfaction – Maria Isabel Franco, Luca Turin, Andreas Mershin, Efthimios M. C. Skoulakis (PNAS)

Visto en io9.