Desde que llegué a las costas mediterráneas he conocido a Posidonia oceanica. Esta hierba marina (no es un alga) cubre grandes sectores de la costa y sus praderas son hábitat para multitud de criaturas; también tiene una regeneración muy rápida y las hojas muertas forman auténticas masas de medio metro en las orillas, así como su propio sustrato en el fondo marino (llamado matte). Alguna vez me he zambullido para acabar nadando en una densa sopa de posidonia, que es muy parecido a intentar hacerlo en una bañera de espaguetis. Cuando el oleaje machaca estas hojas, crea también las enigmáticas bolas peludas que a veces se encuentran por centenares en la orilla.
Las posidonias son antiguas, existen fósiles desde el Cretácico; hace seis millones de años, después del evento que provocó la desecación parcial del Mediterráneo (la crisis Mesiniense) las únicas variedades que sobrevivieron fueron las adaptadas a una salinidad elevada.
Si bien se reproduce como todas las plantas, esta hierba también se propaga por clonación: en 2006, se descubrió por casualidad una planta de 8 kilómetros de largo y una vejez estimada de ¡cien mil años!. Identificada por marcadores genéticos, el individuo vive en una pradera rodeada de otras posidonias. Si bien las hojas y los rizomas van decayendo, hay una estructura base que forma al organismo que es increíblemente vieja, tal vez la forma de vida más vieja del mundo. De alguna manera los clones han evitado el deterioro del código genético inherente a la reproducción celular durante tanto tiempo. Así que la próxima vez que nades entre las hojas de una posidonia, recuerda que tal vez está ahí desde antes de los griegos y los egipcios. Qué demonios, si la Atlántida hubiese existido, esta planta habría visto cómo se levantaban sus cimientos.
Visto en NYCT.



