En estos tiempos de VIH y Ébola y enfermedades extrañas, a veces olvidamos al enemigo que hasta hace poco estaba junto a nosotros. Desde hace un tiempo se discute en la OMS si se deberían destruir las últimas cepas refrigeradas de viruela -que ya no existe en estado natural- y aniquilar para siempre esa amenaza mortal, o guardarla por si las moscas. La viruela tiene una tasa de mortalidad del 30% y su forma de incubación y transmisión la hace especialmente peligrosa. En comparación, el ébola tiene una mortalidad estimada del 90%, pero su propagación es tan feroz que él mismo limita la posibilidad de una epidemia.
La rabia, transmitida por un lisavirus distribuido por todo el planeta y exclusiva de los mamíferos, es una enfermedad que se contagia por contacto con sangre o saliva de individuos infectados. El virus, indetectable por el sistema inmune, ataca el sistema nervioso y lo destruye tras un proceso largo y terrible. Los síntomas pueden tardar hasta un año en manifestarse, y para ese momento ya es demasiado tarde: no hay cura. La vacuna antirrábica -obtenida según las ideas de Pasteur- salvó miles de vidas en los dos siglos pasados, pero tenía el inconveniente de ser una precaución más que una cura, además de ser terriblemente molesta y dolorosa. Si el enfermo ya estaba en la fase prodrómica, tan sólo se podía atar el paciente a una camilla y esperar que muriese sin atacar y contagiar a nadie. La mortalidad de la rabia era hasta 2004 del 100%.
Ese año se probó el llamado protocolo de Milwaukee, que partía de una premisa sencilla: si el paciente moría por las disfunciones neurológicas provocados por el virus ¿por qué no saturarlo de antivirales, desconectarlo -dejando al paciente en coma inducido- y esperar que el virus desapareciese? De hecho con el cólera se hace algo parecido, antes que matar a la bacteria se procura atajar el daño orgánico. A una paciente, Jeanna Giese, de 15 años -que presentaba síntomas claros después de haber sido mordida por un murciélago- se le indujo un coma farmacológico con ketamina/midazolam y se la mantuvo durante siete días en este estado, sedada y con retrovirales. Pasado este tiempo se la sacó del coma y permaneció un mes más internada.
Jeanna sobrevivió, y aunque no está muy claro cómo, el uso del protocolo de Milwaukee ha salvado a día de hoy la vida a seis personas incluyendo a una niña de California, la semana pasada. Lo cierto es que no es perfecto -dos de esas seis personas han muerto en la etapa de rehabilitación, y se puede ver a la propia Jeanna en el vídeo de abajo con evidente dificultad para hablar- pero vista la alternativa, es para hacerle un monumento a este equipo de médicos.
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