Blindaje deflector

Hay un meme que dice «¿Dónde está mi coche volador?» refiriéndose a lo poco futurista que es el siglo XXI según los cánones de la ciencia-ficción de hace cincuenta años. Pero poco a poco, el futuro (me refiero al futuro que conocemos de las películas) va asomando su naricilla.

Un elemento básico para salir al espacio profundo, aparte de una unidad motriz eficaz y un sistema autónomo, es el blindaje. Una protección contra micrometeoritos, rayos cósmicos, gamma y radiaciones varias es necesaria incluso en vuelos intrasistema (digamos Marte o Europa, destinos de fin de semana; o el cambio de turno para mantener el cinturón de generadores de Mercurio, si toca trabajar) si queremos evitar problemas de esterilidad, contaminación radiactiva y una muerte lenta y agónica. Físicamente se puede revestir la nave con polímeros autorreparantes, pero ¿cómo bloquear el paso de partículas de alta energía? En las películas se soluciona todo con un «escudo deflector», pero claro, esto es el mundo real.

La Tierra tiene su propio escudo de energía natural, provocado por el enorme electroimán que es su núcleo; una nave requeriría un magneto impracticablemente grande para conseguir esto, ya lo calculó Von Braun en los ’50. Claro que pudo equivocarse.

Se han detectado en la Luna microcampos que desvían las partículas cargadas del viento solar. Estos campos fueron creados por impactos meteóricos y no son especialmente potentes: esta evidencia ha llevado a rehacer cálculos y resulta que hay un efecto acumulativo en el flujo de partículas cargadas que incrementa el efecto del campo original, así un imán de 2,5cm. genera un «campo deflector» de 12cm. a su alrededor cuando es expuesto a un chorro de partículas ionizadas. De momento es sólo un experimento, pero juntamente con otras técnicas podría dar luz verde al viaje marciano… y otros.

Mejor explicado en NewScientist.