Las dos sondas Pioneer (10 y 11) enviadas al espacio en 1972 y 73 son famosas por llevar información específicamente diseñada para ser descifrada por una eventual vida extraterrestre, y por ser los primeros objetos humanos en salir del sistema solar: aún están volando a su máxima velocidad de impulso rumbo a Aldebarán*, en un vuelo lento. Pero también tienen su misterio.
Las sondas son de aluminio y pesan 258 kg; la parte central era un anillo hexagonal de 71 cm de ancho y 25,5 cm de altura, albergando el sistema de radio, el ordenador, baterías, grabadora, los cables y otros elementos. Pioneer 10 lleva una parabólica de 2,74 m para las comunicaciones con la Tierra (atentos a este dato) además de unas antenas de media y baja ganancia. Las sondas salieron del sistema solar en la década de los ’90 y al alejarse del Sol deberían mantener una velocidad constante -en el espacio no hay fricción- o incluso acelerar ligeramente debido al empuje del viento solar y la menor atracción gravitatoria, pero no. Se ha detectado un frenado de más o menos un nanómetro por segundo cuadrado, minúsculo pero inexplicable… hasta ahora.
El asunto es que en el espacio profundo, sin fricción, casi sin campos gravitatorios influyentes, las cosas se comportan como en un problema de física teórica. Por eso esta deceleración preocupaba a los astrónomos al punto de desarrollar varias teorías sobre qué entidad desconocida podría estar aplicando fuerza sobre la sonda: desde un impulso provocado por las propias pilas nucleares del aparato, pasando por corrientes de plasma exterior, hasta influencia de la materia oscura o incluso que la propia gravedad se comporta de diferente manera en otras regiones del espacio. Hasta parecía que la Anomalía corroboraba la necesidad de actualizar la dinámica newtoniana.

Un análisis detallado de las emisiones térmicas de la Pioneer anunciado el año pasado prometía dar con una solución. Pero, ¿calor de dónde? Un goteo de combustible o radiación de la pila de plutonio resultarían en datos decrecientes. Bueno, pues el mes pasado un equipo portugués ajustó los cálculos de Turyshev teniendo en cuenta el viejo algoritmo Phong que le sonará a más de uno que haya dado sus primeros pasitos en 3D.
El renderizado Phong era muy realista porque además de tener en cuenta la luz incidente de un foco sobre los objetos, también calculaba la luz reflejada por otros objetos del entorno virtual (algo que hizo famoso también por ejemplo a Willem Claesz, un pintor de Haarlem al que descubrí hace unos años en el Rijksmuseum. Sus bodegones eran más realistas porque aplicaba este modelo de luz reflejada, a pincel, obviamente).
Parece ser que los fotones solares que empujan la sonda hacia el espacio profundo no se pierden por completo. Los que inciden en los elementos traseros se reflejan hacia el disco de la antena y a su vez son reflejados hacia el espacio exterior, resultando en una fuerza negativa que según los cálculos coincide con la Anomalía. Pim, pam, rebote.
Así pues, esta historia parece que termina como un episodio de Scooby-Doo: una respuesta vulgar (y científica) para un enigma inquietante. No hay un campo de fuerza ni una distorsión del espacio-tiempo más allá de Plutón, ni tampoco la está frenando un crucero Klingon camuflado para hacer prácticas de tiro. Seguramente algún día encontremos regiones anómalas del espacio, pero bastante más allá. También demuestra que muchas veces a los científicos se les escapan pequeños detalles que pueden representar una gran diferencia a la hora de interpretar la realidad.
Noticia en Discovery News.
* Pioneer-10 va a Aldebarán (α Tau) en Tauro; Pioneer-11 se dirige a la constelación Aquila. P10 salió del Sistema oficialmente en 1983. La Voyager I, más moderna, las adelantó en 1990 y acaba de cruzar la heliosfera; según se considere el límite exterior del Sistema podemos decir que ha sido la primera una u otra.



