Otra amenaza cósmica: tormentas de polvo estelar

Hace tiempo me regalaron un libro de Isaac Asimov, Las Amenazas de Nuestro Mundo, en el que se explicaban variadas formas en que la Tierra podía acabar; desde la más remota pero segura (la paralización de todo movimiento y la descomposición de las partículas elementales de la materia dentro de tropecientos millones de años) a la más cercana e improbable (vulcanismo, meteoritos, guerra nuclear global: el año es 1980). El libro mantuvo un rincón de mi mente aterrado durante mucho tiempo, pero lo cierto es que al Buen Doctor -de quien por cierto se cumplen este mes veinte años de su muerte- le hubiese gustado añadir unas cuantas catástrofes galácticas nuevas que ahora empezamos a suponer.

En 1980 se empezaba a hablar de los agujeros negros, por ejemplo, pero no era del dominio público que nuestra propia Vía Láctea contenía uno supermasivo en su centro, Sagitario-A. Claro que ahora estos embudos gravitatorios son algo más doméstico y normal en el Universo, y dan menos miedo. Luego están las cuerdas cósmicas: residuos del Big Bang larguísimos, hiperdensos y prácticamente unidimensionales (su grosor sería 100.000.000.000.000.000 veces más pequeño que el de un protón). Si uno de estos filamentos pasase a través de la Tierra podría traspasarla sin tocar un solo átomo dada su delgadez, pero arrasaría el sistema solar con sus perturbaciones gravitatorias.

Por supuesto las novas, púlsares y quásares eran bien conocidos, pero nadie imaginaba que ahora mismo hay más de doscientos agujeros negros detectados por el WISE de la NASA apuntándonos con sus chorros relativistas o blazars, emitiendo radiación gamma casi a la velocidad de la luz. Afortunadamente están bastante lejos.

Y la nueva amenaza está relacionada con las novas, o más bien con las casi-novas. Cuando una estrella como el Sol explota al final de su ciclo de vida, escupe una nube de partículas y gas con un «superviento» cien millones de veces más potente que el viento solar. Los modelos clásicos predecían que este material se vaporizaría debido al calor; sin embargo los nuevos cálculos -que indican un mayor tamaño en los granos  y un «efecto espejo» que devolvería parte de la radiación recibida- describen gigantescas nubes de polvo expandiéndose a diez kilómetros por segundo que arrasan todo a su paso. Y recordemos que en el espacio no hay nada que frene a una partícula en movimiento. No puede estar uno tranquilo en ningún sitio…

Astronomers discover sandstorms in space, en Eurekalert.
Visto en io9.