Acabo de plantar un pino. En maceta. Bueno, la historia es más complicada…
Una de mis aficiones son las plantas raras, que me viene de la especialidad de Paleontología que nunca pude hacer. Resulta ser que si bien para hacer un Parque Jurásico apenas tendríamos recursos animales (si acaso un triste tuatara y unas cuantas cucarachas) sí se podría plantar un jardín con una relativa exactitud a base de supervivientes vegetales de la época. Muchas especies primitivas han perdurado hasta hoy: todas las coníferas, los ginkgos, las cicadáceas (esas palmeritas enanas que ponen en las rotondas), helechos, musgos…este pino mío es un pariente de la araucaria denominado Wollemia nobilis.
Hace quince años un explorador descubrió en un valle perdido de Australia algo asombroso: una colonia de árboles que se daban por extinguidos hace dos millones de años, reliquia del antiguo continente de Gondwana protegida por su aislamiento. Reconociendo su rareza, el hombre (un guarda forestal) comunicó su descubrimiento al gobierno que inició una campaña de protección.
En la actualidad, el cañón donde crecen los pinos Wollemi está protegido y su paradero conservado en secreto; sólo tienen acceso científicos y conservadores, para estudiar los poco más de cincuenta ejemplares adultos que quedan. Todos ellos son clones genéticos: la especie está tan al borde de ldesaparecer que la variabilidad genética intraespecífica se ha perdido. Esto y su distribución reducida lo hacen tremendamente delicado -una epidemia podría acabar con la especie para siempre. ¿Qué hacer entonces? Pues la idea es la misma que con el Ginkgo biloba, el «árbol de los cuarenta escudos».
El Ginkgo es si acaso más raro que el Wollemi: sus hojas parecidas al helecho culantrillo, sus frutos apestosos, hacen de esta gimnosperma un fósil viviente extraño. Sobrevivió en China y Japón hasta que un alemán lo descubrió y trajo al botánico de Utretch donde los holandeses lo hicieron popular en jardinería. Hoy la especie está repartida abundantemente por todo el planeta gracias a los humanos. ¿Se podría hacer lo mismo con Wollemia? Pues sí: una larga campaña de recogida de semillas y una red de cultivo en botánicos de todo el mundo lo ha conseguido. Ahora mismo cualquiera puede conseguir una pequeña araucariácea ancestral (acabo de descubrir ahora mismo un vivero en Almería que los cría, aunque mon petit sapin vino de Francia).
El plantón es algo desgarbado y falto de la simetría de un adulto; se parece a esos pinos de plástico que venden en Navidad. Las frondes son similares a las de un helecho, y tienen un verdor distinto según van creciendo. No se sabe mucho de la biología de esta planta, así que el tamaño máximo (40m) y sus períodos de reproducción son especulativos. En un mundo cada vez más clasificado y enciclopedizado (¿o debería decir wikipedizado?) es estimulante tener a la vista algo nuevo y desconocido.
Espero poder hacer fotos del Wolly a medida que crezca… con sus otros compañeros de la remota Gondwana.
Homepage del Pino Wollemi (en français)




Pues es una idea magnifica esa de crear una plantación descentralizada. A ver si te aguanta los calores almerienses… 🙂